Where the Wild Things Are… mi homenaje a Sendak

8 mayo 2012 | Literatura

Maurice Sendak era escritor e ilustrador de libros infantiles. Alcanzó la fama mundial con el aclamado Donde viven los monstruos (Where the Wild Things Are), un cuento escrito en 1963 y convertido en lectura fetiche por los niños de Estados Unidos de aquella década. Falleció hoy, 8 de mayo, a los 83 años en Connecticut. En cierta ocasión, un periodista le preguntó porqué en su vida, consagrada a dibujar y crear historias para niños, renunció él mismo a tener descendencia. “No creo que tenga las cualidades para ser un buen padre”, dijo en 2003, “es extraño porque tengo el don de comprender hasta qué punto son salvajes. Pero en la vida real son aún más aterradores porque son demasiado vulnerables y eso me asusta. ¿Cómo podría uno tranquilizar a un niño?“.

Ilustración de Sendak

Ví la emotiva, extraña, maravillosa (recomendable) película de Spike Jonze en el cine, cuando se estrenó, en 2009, en la que recreaba, con el mismo título, el cuento de Sendak. Al poco tiempo, tuve la ocasión de ver el documental dirigido por el mismo director y basado en la vida de Sendak, Tell Them Anything You Want: A Portrait of Maurice Sendak. Finalmente llegué al librito en cuestión. Por aquel entonces no era madre y el complejo universo de las emociones infantiles me resultaba algo ajeno y sólo podía remitirme a mi propia experiencia como niña, décadas atrás. Ahora, con una criatura en mis brazos durante gran parte del día (cada vez menos: ha empezado a andar y le encanta explorar el mundo desde esa nueva perspectiva bípeda), empiezo a sentir en mis carnes eso de lo que hablaba Sendak, el lado salvaje.

Mi bebé ya casi es un niño y en unos pocos años dará rienda suelta, al igual que Max, el protagonista de Donde viven los monstruos, a su lado salvaje. Querrá romper los lazos de dependencia que le unen al nido y descubrir eso tan doloroso y excitante al mismo tiempo que significa convertirse en adulto, en ser mayor.

Y empiezo a atisbar lo que sienten los padres cuando sus criaturas se adentran en la morada de los monstruos. Con trece meses, mi bebé ya me mira con afán de entenderme, de comunicarse, de protegerse… y también, sí, de rebelarse. Es ley de vida.

Cuando cojo a mi bebé noto su fuerza, su increíble fuerza preparada para el combate. Un combate con la vida que ahora derrocha. Da miedo. Quizá porque olvidamos que algún día nosotros mismos también tuvimos que luchar contra los elementos. Y teníamos esa fuerza y determinación. Pero no tan deprisa. Mi bebé es todavía un bebé. Y se convertirá en un niño, pero niño al fin. Y acudirá a mis brazos cuando los monstruos de su aventura le dejen exhausto. Como le sucede a Max.

Descubrid o revisitad a Sendak. No fue padre pero, imagino, nunca dejó de ser niño. Por eso debía entenderles tan bien.

 

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